Fragmento 10

(…)

Un par de bocas chocan, finalmente chocan. En un principio, pelean inofensivamente solo los labios. Quizá se reclamaban el tiempo de espera.

El disfrute del que ahora es dueña la piel de Aurora, demanda que la cabeza se separe del cuerpo, pues ésta no se cansa de pensar, tozudamente, en el regreso de Eva y el escándalo que la acompañará si la ve en este «espectáculo». La cabeza de Aurora no es capaz de entender que el mundo ha sido evacuado para el goce absoluto de ese momento.

Ahora, las lenguas debaten sus sabores. Sabores que, aunque mezclados, le dan paso a la nicotina. Nicotina que no incomoda en lo absoluto.

El round termina y una parte de Aurora se siente caer por knock-out.

— ¿Quiere que nos veamos mañana? —Envía, a susurros, la invitación Henry.

—Por favor. —Ruega el cuerpo de Aurora.

El espacio que existe y que estorba entre una boca y otra desaparece. Otro beso. Otro reclamo. Otra guerra. Mismo sabor. Una patente. Dos mortales. Tres veces suben las manos, cuatros ojos que se mantienen cerrados, cinco gemidos aguantados, seis segundos de descanso, siete pequeños son los roces, como los pecados.

(…)

Ese surrealismo
Ilustración de Joe Webb.
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Recuerdos de madrugada

(…)

 

Preciosa.
Estaba jodidamente preciosa cuando comenzaba a bailar al ritmo de aquello que se quedaba en el aire después de hacer el amor.
Aurora.
Era tan irrepetiblemente Aurora cuando se dejaba llevar por ese baile hasta la cocina y regresaba a la habitación con un profundo aroma a café.
Ella.
Tan coloridamente ella cuando hablábamos de aguacates y otras de esas cosas importantes que nos hacían filosofar por una hora, dos temas absurdos o tres tazas de café.

(…)

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Poema para crecer

Si vuelvo a escuchar una palabra que me haga sentir pequeña,
O un hecho de la vida, de repente, me hormiguice.
Haré un hoyo en la tierra donde quepa la semilla que me he vuelto.
Y dejaré que mi aguacero interno me riegue.

Así,
Veré crecer las raíces que me mantendrán firme.
Determinada.
Decidida ante las épocas venideras y todo lo que sumergen las estaciones.

Entonces,
Me dejaré ir en otoño,
Floreceré en primavera,
Disfrutaré el verano.
Y le haré frente al invierno.

Pero…
Con todo y eso,
creceré.

Creceré a mi propio ritmo,
Aceptaré mi tronco torcido,
Y reconoceré mis ramas rotas.
Cosecharé mis propios frutos,
Y brindaré mi sombra a otros,

A todos.

Incluyendo a aquellos que me hicieron caber en una semilla creyendo que nada iba a suceder.

Oceánico

De gota en gota, me llenas.

Me desbordas.

Todo se inunda.

No me ahogo, al contrario floto.

Me has enseñado a mantenerme a flote.

Estamos en el ombligo del océano.

Seguimos nadando, navegando…

Volando sobre el mar como par de gaviotas que conocen el secreto mejor guardado del mar con el sol.

Bailes casuales

Suena una melodía casi inaudible y ambos comienzan a bailar.
No se piden permiso.
No hace falta
Los momentos como éstos se aprovechan.
No se dudan.
No se piensan.
Más bien, se toman y se saborean.

Siguen bailando.

Un segundo, y uno da vuelta, se enreda.
Un parpadeo, y el otro le da forma, lo libera.
Dos disfrutan.

Ninguno se aleja.
Ellos se mueven a su ritmo, a la suma de ambos.
El tiempo comienza a existir y entonces, la intensidad baja.
Todo se desacelera.

El viento se aleja y mi cabello se despide.

Hasta la próxima casualidad.

Defensas de la vida

Ahí estas, subiendo.

Subiendo como si te animaran, te empujaran.

El oxígeno ha disminuido pero no te ahogas.

Las ansias no permiten que te ahogues y mucho menos que te hundas. La esperanza te alienta.

Sientes el sabor de la meta. Decides, entonces, aferrarte con uñas y alma a eso que te ofrece un respiro.

El gran respiro. Niegas los imposibles. Sigues subiendo.

Ahora descalzo, con los zapatos en las manos. Te falta el aire. La cima se siente cerca. Subes lo poquito que te falta.

Y ya…

No sientes ni el miedo ni el suelo

¿Finalmente, estás volando… O, estrepitosamente, estás cayendo?

Puertas del soy

¿Qué hay debajo de esa máscara que toca el sol todos los días?

¿Oculta la misma belleza que todos guardan en sus dispositivos, ojos y alma?

¿El espejo refleja vida o un jardín marchito?

Habría que siempre atravesar esas tres puertas antes de afrontar el día, subirse al mundo y abrirse al universo, porque la misma vida lo exige con su gente intentando formar parte de ti, queríendote, adentrándose en tu laberinto, arriesgándose a saltar en el precipicio en el que te has convertido. Teniéndote, entonces, en sí mismos.

Porque la verdadera vida consta de eso, del infinito querer se, a otros, un todo. Entregarse a lo que se es desde adentro sin necesidad de aparentarse un “debiera”. Y al voltear atrás, encontrarnos con que hemos conjugados los verbos realmente vivos, dignos de este juego divino otogado por un Dios o una incomprensible imaginación.

No te juzgo.

No me esculco.

Sé que ambos nos seguimos construyendo, mejorando, caminando sin intentos de, pero con la certeza de poder ser nosotros.