El viejo 2017

Hablar de este año sin tronar, relampaguear y llover es difícil. No hubo un solo día que no se resumiera en una emoción o un nudo de sentimientos. Cosquillas que avivaron la esperanza, giros que revolvieron el estómago y, al final, un silencio retumbante que nos hizo temerle a lo venidero.

En lo particular, me permití crecer. Así: disfruté de cada risa, me sentí viva en cada lágrima, me expresé desde mis adentros, valoré cada fragmento del tiempo y me dejé guiar por lo verdaderamente importante. Sin distracciones. Nada que detuviera mis pasos.

Pero no lo niego.
No niego que me me dejé abrazar por el miedo muchas veces.
Sin embargo, hoy no hay abrazo de vuelta.
O al menos, el apretón ya no es tan fuerte.

Y finalmente, aquí estamos: recordando, añorando y deseando. Sobre todo, deseando.
Pidiéndole un “reset” al próximo año y la clásica oportunidad que nos permita prometernos miles de cosas, para ver si las podemos cumplir después.

Yo solo espero…
Deseo, más bien, que amanezcamos pronto y que, la vida que transcurre ahora, se nos ilumine tanto que podamos dejar atrás cualquier oscuridad que nos haga permanecer en las sombras.

 

 

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Olvidos entre comillas

y ¡plasttt!

Cierro la puerta.

Cierro esa puerta que me lleva hacia él y a la pluralidad del “nuestro”.

Le paso una llave.

Mucha debilidad, mejor doble llave.

Pero ¿qué hago ahora con la tentación de metal?

La guardo en mi boca. La escupo. Si la trago se hará retornable.

Entonces, la escondo debajo de la alfombra, entre las macetas, de ñapa en un regalo, en un tarro de la cocina, en el buzón del vecino, en el libro más malo, en el lugar menos visitado, en el orgullo de alguien, en la imaginación de otro, en la casa de un cronopio…

¡Donde sea, pero que se pierda!

Y aplicando la invisibilidad de lo que se encuentra a plena vista, echo la llave por la rendija de la puerta. Su puerta.

Y me alejo, sin mirar atrás.

Me alejo corriendo de día, pero regreso a esa rendija de puntillas en la noche.

 

 

 

Fragmento 10

(…)

Un par de bocas chocan, finalmente chocan. En un principio, pelean inofensivamente solo los labios. Quizá se reclamaban el tiempo de espera.

El disfrute del que ahora es dueña la piel de Aurora, demanda que la cabeza se separe del cuerpo, pues ésta no se cansa de pensar, tozudamente, en el regreso de Eva y el escándalo que la acompañará si la ve en este «espectáculo». La cabeza de Aurora no es capaz de entender que el mundo ha sido evacuado para el goce absoluto de ese momento.

Ahora, las lenguas debaten sus sabores. Sabores que, aunque mezclados, le dan paso a la nicotina. Nicotina que no incomoda en lo absoluto.

El round termina y una parte de Aurora se siente caer por knock-out.

— ¿Quiere que nos veamos mañana? —Envía, a susurros, la invitación Henry.

—Por favor. —Ruega el cuerpo de Aurora.

El espacio que existe y que estorba entre una boca y otra desaparece. Otro beso. Otro reclamo. Otra guerra. Mismo sabor. Una patente. Dos mortales. Tres veces suben las manos, cuatros ojos que se mantienen cerrados, cinco gemidos aguantados, seis segundos de descanso, siete pequeños son los roces, como los pecados.

(…)

Ese surrealismo
Ilustración de Joe Webb.

Tortuosos recreos

En este rato libre busqué aprender.
Aprender a pasar tiempo conmigo misma.
Pero estando a solas conmigo misma, me doy cuenta de que se me desbordan los pensamientos.
Y si se me desbordan los pensamientos, lo recuerdo.
Y si lo recuerdo, río.
Y sí río, soy feliz.
Y si soy feliz, lo anhelo.
Y si lo anhelo, recuerdo de nuevo.
Y si recuerdo de nuevo, me enojo.
Y si me enojo, río de nuevo porque sé que no es de verdad.
Y sé que no es de verdad, porque uno no se puede enojar con aquello que alguna vez lo hizo feliz.
Y me hizo feliz porque me lo permití.
Y me lo permití porque todo él.
Y todo él, es la principal razón por la cual le temo a los ratos libres.

Bonito orgullo

Soy un retrato…

Idéntico.

Casi exacto.

Con su misma flacura y altura,  es decir, «Wilfredo pero con cabello largo». Y frondoso, y bonito, claro.

Con la misma cara de ese Figuera.

Con el mismo humor tan cálido, tan chévere, tan retorcido, tan extraño.

Con la misma forma de reprender, de regañar, de querer y de educar.

En fin…

Con todos los mismos etcéteras bonitos, raros y hasta ridículos de él.

Y quizás, por eso, hoy no lloro. Más bien, sonrío, porque soy «igualitica al flaco».

Soy el retrato de mi papá.

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